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Nuevos horizontes en el Derecho: cómo pasé de estar aburrido a apasionarme por mi profesión
agosto 26, 2020

Por: Pablo Arteaga

¿Te ha pasado que  has llegado a pensar que te equivocaste de carrera, que el Derecho “no es lo tuyo”? ¿Sí? Entonces esta anécdota es para ti. Si no lo has sentido, también esta historia es para ti. Déjame contarte cómo caí en esta carrera sin saber por qué, cómo me aburrí de ella y lo que sucedió para que terminara apasionándome al descubrir nuevos horizontes (y enfoques) de proyección profesional.

Como muchos, a la postre de mi breve paso por las aulas de la educación secundario y a las puertas de la vida Universitaria, me encontraba en la perplejidad de elegir una carrera. Realmente no tenía en mi cabeza el tamaño de esa decisión ni tampoco había encontrado algo que realmente me apasionara. Entre mis opciones pasaron desde una ingeniería en diseño automotriz, hasta psicología o filosofía, pasando también por la profesión “familiar”: Derecho.

Pude “escaparme” de tomar esta decisión al graduarme cuando decidí tomar un año para realizar una suerte de voluntariado, en la que tuve la oportunidad de interactuar con personas de diferentes nacionalidades, condiciones sociales, “rangos” y –especialmente- servir a la comunidad de diversas formas, de manera particular en la búsqueda de un propósito de vida. Al tiempo, se me abrió la oportunidad de estudiar una Diplomatura Universitaria en Antropología, que se dictaba en línea por un año.

Yo pensaba que estaba dándome tiempo para tomar la decisión, tal vez escapando, pero la verdad prefiero referir esto como una preparación de maduración humana, intelectual e incluso espiritual. Fue precisamente este antecedente el que me motivaría luego a cambiar de Universidad.

La decisión de estudiar Derecho se dio, para mí, tan a la ligera, o al menos sin una convicción fuerte, que ni siquiera recuerdo cómo y cuándo la adopté. Una vez terminado “el año sabático” tuve que regresar a casa y para matar el tiempo me puse a trabajar en el despacho familiar. En este espacio tuve la oportunidad de conocer a una extranjera de nacionalidad alemana, con ella descubrí que me apasionaban los idiomas. Decidí aprender alemán.

Con aproximadamente un año y medio de retraso, inicie mis estudios en la escuela de Jurisprudencia de una Universidad de la ciudad donde vivía en aquel entonces. Paralelamente empecé una Diplomatura Universitaria en línea en Pensamiento Tomista, misma de la que no me titulé por no haber entregado algunos trabajos finales.

La experiencia académica que tuve en la Universidad no era la que esperaba. Los estudios de filosofía y la experiencia de voluntariado habían cambiado mi forma de ver el mundo. Además venía de estar sumergido 19 años en una familia repleta de abogados (mi madre, mis tíos, mi abuelo y casi todos sus hermanos), lo cual me hizo darme cuenta que no estaba aprendiendo con el rigor que corresponde. Pese a haber sido el alumno más destacado de mi generación, en segundo semestre preferí “botarlo todo” y empezar desde cero en otra Universidad.

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Tuve entonces mi “reseteo” en la carrera y comencé  desde cero en la Universidad Católica del Ecuador, en Quito (la capital de mi país) con dos años y medio de retraso. Para no alargar el relato, de nuevo fui un destacado alumno, pero no tenía mucha convicción. Estando en los semestres superiores, llegué a pensar que el Derecho no era lo mío. Sin embargo, “no tenía de otra”, me veía en la obligación seguir hasta terminar, después de todo ya había perdido varios años. La idea de dedicar toda mi vida a algo que no me daba plenitud era algo que me abrumaba, convicción que parecía reforzarse luego de que me uní a la fuerza laboral como asistente judicial para aprender sobre la práctica del Derecho (y -seamos sinceros- ser un “Oompa loompa”[1] de la firma y “saco de boxeo” de la burocracia estatal).

De nuevo, sin realmente reflexionar mucho, tomé una materia denominada “Introducción a la Transferencia de la Tecnología e Innovación”. Esta última palabra, para mí, era casi vacía de sentido, no me emocionaba en lo más mínimo. Sin embargo, esta materia o –mejor dicho- el docente que la impartía, me terminó por cambiar la visión del Derecho y –sin exagerar- la vida.

Fue la puerta a nuevas ideas respecto del Derecho, empecé conocer cosas como el blockchain, las fintech, crowdfunding, el potencial de la innovación y la tecnología. Nunca en la carrera se me había referido estos importantes temas. Como amante de los idiomas empecé a buscar contenido en Inglés y Alemán. Recuerdo aún la entrevista[2] al primer autor con el que me crucé y que hablaba del nuevo perfil de abogados: Mark Cohen.

Aproveché que mi trabajo exigía tiempos de espera y movilizarme de una entidad pública a otra, e incluso a otras ciudades, además de todo el “espacio muerto” que tenía al hacer labores de casa o movilizarme, para sumergirme en artículos, podcast, conferencias y webinars al respecto. También tomé las oportunidades que brinda la educación en línea e hice algunos cursos relacionados con introducción a la ciencia computacional para Abogados y diseño.

Todo esto me abrió los ojos a nuevos horizontes a nuevas posibilidades. Me di cuenta que la prestación de servicios legales que conocía en las aulas no solo no se parecía a la práctica que experimentaba en el trabajo sino que además estaba a casi años luz de lo que podía llegar a ser y que ya era.

Ser abogado no es sinónimo de terno y corbata (aunque a mí personalmente me agradan mucho), no es sinónimo de litigante, ni de burócrata, como tampoco lo es de estar atado a un país (porque la legislación de otro es distinta). Ser abogado ya no es un asunto de “solo” ser experto en Derecho sino además saber conocer sobre tecnología, project managment, case managment, diseño, finanzas entre otras muchas cosas. ¿Sabías que puedes dedicarte al Legal Tech?[3] ¿Sabías que puede ser diseñador legal, ser experto en legal operations, o incluso ingeniero legal? ¿Conoces los casos de “no-abogados” que están ofreciendo soluciones legales mucho más eficientes que las “tradicionales”? Esto nada más por enumerar un poco de posibilidades. Descubrí casi “por accidente” que hoy tenemos un sinnúmero de nuevas oportunidades

Mi anécdota: caí “sin saber cómo” en una carrera que no “hubiera sabido” que me apasionaba si alguien más no me hubiera ayudado a ver los nuevos horizontes para el Derecho. ¡Cuéntale a alguien más que hay un universo de posibilidades en el sector legal!

 


[1] Personaje ficticio del libro Charlie y la fábrica de chocolate del autor británico Roald Dahl. Se trata de una persona nativa de Loompalandia que, luego de ser domesticado, trabaja (fuertemente) en la fábrica de Willy Wonka  a cambio de nueces de cacao.

[2] Ver entrevista «Cómo ser un abogado del futuro» de Mark Cohen: https://www.youtube.com/watch?v=Nmbkycu29xA

[3] Revisa nuestro podcast Legal Preneurs, donde entrevistamos a los emprendedores del Sector Legal.

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Por: Pablo Arteaga

¿Te ha pasado que  has llegado a pensar que te equivocaste de carrera, que el Derecho “no es lo tuyo”? ¿Sí? Entonces esta anécdota es para ti. Si no lo has sentido, también esta historia es para ti. Déjame contarte cómo caí en esta carrera sin saber por qué, cómo me aburrí de ella y lo que sucedió para que terminara apasionándome al descubrir nuevos horizontes (y enfoques) de proyección profesional.

Como muchos, a la postre de mi breve paso por las aulas de la educación secundario y a las puertas de la vida Universitaria, me encontraba en la perplejidad de elegir una carrera. Realmente no tenía en mi cabeza el tamaño de esa decisión ni tampoco había encontrado algo que realmente me apasionara. Entre mis opciones pasaron desde una ingeniería en diseño automotriz, hasta psicología o filosofía, pasando también por la profesión “familiar”: Derecho.

Pude “escaparme” de tomar esta decisión al graduarme cuando decidí tomar un año para realizar una suerte de voluntariado, en la que tuve la oportunidad de interactuar con personas de diferentes nacionalidades, condiciones sociales, “rangos” y –especialmente- servir a la comunidad de diversas formas, de manera particular en la búsqueda de un propósito de vida. Al tiempo, se me abrió la oportunidad de estudiar una Diplomatura Universitaria en Antropología, que se dictaba en línea por un año.

Yo pensaba que estaba dándome tiempo para tomar la decisión, tal vez escapando, pero la verdad prefiero referir esto como una preparación de maduración humana, intelectual e incluso espiritual. Fue precisamente este antecedente el que me motivaría luego a cambiar de Universidad.

La decisión de estudiar Derecho se dio, para mí, tan a la ligera, o al menos sin una convicción fuerte, que ni siquiera recuerdo cómo y cuándo la adopté. Una vez terminado “el año sabático” tuve que regresar a casa y para matar el tiempo me puse a trabajar en el despacho familiar. En este espacio tuve la oportunidad de conocer a una extranjera de nacionalidad alemana, con ella descubrí que me apasionaban los idiomas. Decidí aprender alemán.

Con aproximadamente un año y medio de retraso, inicie mis estudios en la escuela de Jurisprudencia de una Universidad de la ciudad donde vivía en aquel entonces. Paralelamente empecé una Diplomatura Universitaria en línea en Pensamiento Tomista, misma de la que no me titulé por no haber entregado algunos trabajos finales.

La experiencia académica que tuve en la Universidad no era la que esperaba. Los estudios de filosofía y la experiencia de voluntariado habían cambiado mi forma de ver el mundo. Además venía de estar sumergido 19 años en una familia repleta de abogados (mi madre, mis tíos, mi abuelo y casi todos sus hermanos), lo cual me hizo darme cuenta que no estaba aprendiendo con el rigor que corresponde. Pese a haber sido el alumno más destacado de mi generación, en segundo semestre preferí “botarlo todo” y empezar desde cero en otra Universidad.

Tuve entonces mi “reseteo” en la carrera y comencé  desde cero en la Universidad Católica del Ecuador, en Quito (la capital de mi país) con dos años y medio de retraso. Para no alargar el relato, de nuevo fui un destacado alumno, pero no tenía mucha convicción. Estando en los semestres superiores, llegué a pensar que el Derecho no era lo mío. Sin embargo, “no tenía de otra”, me veía en la obligación seguir hasta terminar, después de todo ya había perdido varios años. La idea de dedicar toda mi vida a algo que no me daba plenitud era algo que me abrumaba, convicción que parecía reforzarse luego de que me uní a la fuerza laboral como asistente judicial para aprender sobre la práctica del Derecho (y -seamos sinceros- ser un “Oompa loompa”[1] de la firma y “saco de boxeo” de la burocracia estatal).

De nuevo, sin realmente reflexionar mucho, tomé una materia denominada “Introducción a la Transferencia de la Tecnología e Innovación”. Esta última palabra, para mí, era casi vacía de sentido, no me emocionaba en lo más mínimo. Sin embargo, esta materia o –mejor dicho- el docente que la impartía, me terminó por cambiar la visión del Derecho y –sin exagerar- la vida.

Fue la puerta a nuevas ideas respecto del Derecho, empecé conocer cosas como el blockchain, las fintech, crowdfunding, el potencial de la innovación y la tecnología. Nunca en la carrera se me había referido estos importantes temas. Como amante de los idiomas empecé a buscar contenido en Inglés y Alemán. Recuerdo aún la entrevista[2] al primer autor con el que me crucé y que hablaba del nuevo perfil de abogados: Mark Cohen.

Aproveché que mi trabajo exigía tiempos de espera y movilizarme de una entidad pública a otra, e incluso a otras ciudades, además de todo el “espacio muerto” que tenía al hacer labores de casa o movilizarme, para sumergirme en artículos, podcast, conferencias y webinars al respecto. También tomé las oportunidades que brinda la educación en línea e hice algunos cursos relacionados con introducción a la ciencia computacional para Abogados y diseño.

Todo esto me abrió los ojos a nuevos horizontes a nuevas posibilidades. Me di cuenta que la prestación de servicios legales que conocía en las aulas no solo no se parecía a la práctica que experimentaba en el trabajo sino que además estaba a casi años luz de lo que podía llegar a ser y que ya era.

Ser abogado no es sinónimo de terno y corbata (aunque a mí personalmente me agradan mucho), no es sinónimo de litigante, ni de burócrata, como tampoco lo es de estar atado a un país (porque la legislación de otro es distinta). Ser abogado ya no es un asunto de “solo” ser experto en Derecho sino además saber conocer sobre tecnología, project managment, case managment, diseño, finanzas entre otras muchas cosas. ¿Sabías que puedes dedicarte al Legal Tech?[3] ¿Sabías que puede ser diseñador legal, ser experto en legal operations, o incluso ingeniero legal? ¿Conoces los casos de “no-abogados” que están ofreciendo soluciones legales mucho más eficientes que las “tradicionales”? Esto nada más por enumerar un poco de posibilidades. Descubrí casi “por accidente” que hoy tenemos un sinnúmero de nuevas oportunidades

Mi anécdota: caí “sin saber cómo” en una carrera que no “hubiera sabido” que me apasionaba si alguien más no me hubiera ayudado a ver los nuevos horizontes para el Derecho. ¡Cuéntale a alguien más que hay un universo de posibilidades en el sector legal!

 


[1] Personaje ficticio del libro Charlie y la fábrica de chocolate del autor británico Roald Dahl. Se trata de una persona nativa de Loompalandia que, luego de ser domesticado, trabaja (fuertemente) en la fábrica de Willy Wonka  a cambio de nueces de cacao.

[2] Ver entrevista «Cómo ser un abogado del futuro» de Mark Cohen: https://www.youtube.com/watch?v=Nmbkycu29xA

[3] Revisa nuestro podcast Legal Preneurs, donde entrevistamos a los emprendedores del Sector Legal.