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¿Soy abogada?
agosto 5, 2020

Desde que tengo memoria quise ser abogada. Debe ser por la influencia de mí padre, quien también ejercía la profesión, o de mi madre, quien profesaba constantemente su amor por el derecho. No estoy segura, debe ser una mezcla de ambas. Lo que tengo por cierto es que, de la casa en la que crecí con mis seis hermanos mayores, aprendiendo a pelear desde mis primeros años, no podía salir otra cosa que no fuese abogada.

Tal sería la influencia paterna que, ya desde mí tesis de grado de colegio busqué abordar temas jurídicos. De hecho, con la debida asesoría, mi disertación discutía la extinta Ley de Elecciones, analizando la falta de probidad y singularidad en la forma de elegir a nuestros representantes, que me parecía tan desadaptada y distante a la realidad social. El Código de la Democracia, vigente a la fecha, adolece aún de muchos de esos desaciertos.

Una pregunta inusual que escuche ya en mí primer nivel de universidad quedó grabada en mi mente: “¿Qué es un auto?”. Parecería una pregunta sencilla. Pero no, no se refería a un auto de colores con motor 6V. Quien hizo la pregunta lo sabía. Yo, aún sin constatarlo a ciencia cierta, tenía la certeza de que se refería a algo más.

Los años pasaron. Demasiado rápido para mi gusto. Fueron cinco; uno tras otro: los mejores recuerdos, eventos y desaciertos, que resumen la vida universitaria. Los mejores amigos, esos que hasta el sol de hoy están presentes en mí mente, corazón y vida. Ahora están presentes también en esta nueva realidad virtual: zoom.

Al salir a la vida laboral, mi primer cliente fue un hombre que quería que le tramitara un divorcio. Me pareció un reto y así lo afronté. Fui su paño de lágrimas cuando sufrimos por la determinación de visitas de su pequeña hija, su chofer cuando nos presentábamos en audiencias. Nos reunimos a tomar café en innumerables ocasiones, donde por horas escuché su lamento eterno por los celos injustificados de su esposa. Fui para él, como se dice vulgarmente plata y persona. Cuando recibimos la sentencia de divorcio, no volví a saber del supuesto cliente. Nunca me pago. Eso pasa mucho, pero me enseñó a cobrar por lo menos el 50% de adelanto.

Una posible cliente me dijo:

“Blue, me divorcio, ayúdame”.

“Encantada”- respondí.

Dos días después, volvió a contactarme:

“Blue, mi ex se consiguió un abogado pillo, y para un pillo otro pillo. Me cambio de abogado”.

Esta historia marcó un antes y un después en mi decisión de vida como abogada. Me sentí halagada de saber que no me consideraban una abogada pilla, pero al mismo tiempo me hizo enfrentar, tempranamente, una realidad muy fuerte para los abogados, y para la sociedad en general: la corrupción.

Después de 22 años de trayectoria laboral, decidí dedicarme a lo que me apasiona, manejo Compliance y lucha contra la corrupción. Desde mi trinchera, hago un pequeñísimo aporte para la sociedad y para el desarraigo de esta horrible enfermedad. Tengo clientes perfectos, me respetan y jamás me solicitarían cometer ningún acto que vaya en contra de los intereses sociales y del trabajo honesto.

Ser abogada fue mi prioridad siempre, lograr conocer el derecho y aplicarlo para el bien común era mi quimera. Viví y vivo de mi profesión, me sostiene emocionalmente, me hace siempre querer ser una mejor persona. Cualquier altibajo en mi vida, siempre se compensa con mi prominente carrera. Recuerden que el éxito no está determinado por lo económico, sino por toda aspiración cumplida. No ser pilla es una de ellas, así que: ¡Soy Abogada y honesta!

Por Mariazul Romero